Justo en ese momento me acordé de mí cuando tenía su edad: lo que más tuve en mis manos fue un balón, un yoyó, un puñado de chapas, otras cuántas canicas, un taco de tazos y una peonza- Y cuando había una Game Boy, había cinco mirando y uno jugando, para después hacer turnos -si el propietario era amigo tuyo y había dominado ya el arte de compartir.
No estoy en contra de la tecnología -ni mucho menos- pero parece que la obsesión por ésta está llegando a un punto impresionante. Los niños sólo quieren crecer para tener móvil, y tienen una colección de juegos equiparable a mi antigua colección de tazos de Pokémon.

Me gustaría comprar una peonza, ya que no tengo ni idea de donde están las que usé hace ya tanto tiempo, pero no se me ocurre ningún lugar donde comprarla. Recuerdo perfectamente los lugares donde compré las dos peonzas que he comprado en mi vida, pero en especial uno: me habían confiscado mi preciosa peonza de madera (decorada por mí mismo), y por la noche pedí permiso para ir a tirar la basura, tomé un par de monedas de veinte duros prestadas a mi madre, y fui corriendo a la tienda a comprarme una, justo antes de que cerraran. Ésta resultó ser mi llamada peonza blindada: era de plástico verde fosforito. Pues bien, el propietario de la tienda ya se jubiló, y así con la mayoría de viejas tiendas donde compraba esas cosas. Y si me acerco a uno de los chinos, tengo la impresión de que recibiré un ¿Mandeee? por respuesta: dudo que se vendan muchas peonzas hoy en día. Y a lo mejor, por fin aprendo a hacer algo que no sea hacerla girar en el suelo.
Y ya no nos quedan monedas de cinco duros para poner en la cuerda. A ver si nos hacen una moneda nueva con agujerillo.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada